D.O.L.O.R

 



Hay mucho dolor dentro de mí. Dolor acumulado de experiencias pasadas, de heridas abiertas, de miedos infundados, de decepciones, de traiciones, de recuerdos y de llanto… Un dolor mil veces camuflado, que fue sepultado bajo la máscara del “No me importa”. Un dolor ignorado que ha logrado encontrar el camino de regreso y me cala el alma. Un dolor que ya no estoy dispuesta a ignorar. Un dolor que me viene a enseñar.

Pero ¿Por qué ahora? Porque ya no soy la misma figura impenetrable. Quizás sin darme cuenta, en algún momento del camino me di permiso para sentir y me quité la máscara, pude recuperar mis sueños del pasado, mis ilusiones de niña. Pude proyectarme como compañera de alguien más, pude volver a soñar, aunque sea por muy poco tiempo. Nos vi juntos a través del tiempo.

En el camino me fui perdiendo, confundida por mi necesidad de afecto. Aceptando censuras, modelando mi discurso hasta convertirlo en música para tus oídos. Justificando mis decisiones pasadas, soportando miradas acusadoras, sintiendo culpa por no ser lo que “debería ser “. Intentando ser la “niña buena” para que así puedas quererme.

Tus preguntas incómodas sobre mi pasado, tus comentarios hirientes camuflados bajo el manto de una broma inocente. Tu mirada inquisitiva al acecho de algo que no existía. Tus ganas de cambiarme. Tu intento de moldearme.

Ese era tu lado oscuro, pero también tuviste mucho brillo. Hubo un momento en el que nos dimos mucha alegría, fue nuestra mejor época, fuimos felices. Sólo tú y yo contra el mundo. Compañeros. Estábamos en el mismo bando. ¿Cuándo empezamos a cambiar? ¿Qué fue lo que falló? ¿En qué nos equivocamos? ¿En que preciso instante comenzamos a perdernos?

Tengo una teoría. Y quiero vomitarla. Dejamos de mirarnos a nosotros, pasamos a formar bandos, defender nuestra opinión era lo más importante, tener la razón se convirtió en parte de nuestra vida. Nuestras conversaciones se volvieron puntos de vista por defender, el sentirse ofendido cuando el otro no pensaba igual se volvió pan de cada día. No pudimos aceptarnos imperfectos y queríamos cambiarnos. El resentimiento se fue acumulando y las peleas invadieron nuestro mundo. Solo algunos momentos fugaces se volvían nuestros salvavidas dentro de tanto caos; e inevitablemente esos salvavidas fueron cada vez más escasos.

Mi mundo se quebró. El miedo volvió a instalarse y las dudas llegaron para quedarse. ¿Pudimos salvarlo? Quién sabe. No quise. No quisiste. El cuadrilátero era más importante. Dos egos heridos que ya no sabían cómo amarse. Nos perdimos en medio de tanta lucha.

Esta es mi forma de mirar nuestro panorama desde otra perspectiva, de honrar el aprendizaje, la forma de liberar mi dolor. La única que conozco. Y sí, yo también me equivoqué. Yo tampoco supe amarte.


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